martes, 23 de noviembre de 2010

Emily Mary Osborn - Nameless and friendless, 1857


Emily Mary Osborn, Nameless and friendless (sin fama ni amistades), 1857

La situación de la mujer artista ha sido siempre bastante complicada. Muchas, hijas de grandes artistas o de padres con facilidad de acceso a los talleres, han podido instruirse como pintoras, pero su evolución en el mundo del arte ha sido más bien nula, inexistente o ha acabado por obviarse. Sirva como ejemplo la artista Vigée-Lebrum, la cual acabó siendo retratista de la realeza y de la corte y la cual no aparece en los libros de Historia del Arte ni tan solo de pasada.

Esta situación de indiferencia por parte de los artistas masculinos, los cuales eran Artistas con "A" mayúscula mientras las mujeres se veían relegadas al ámbito de las artes menores como artesanas o aficionadas, se ve claramente reflejado en el cuadro de Emily Mary Osborn Nameless and friendless (Sin fama ni amistades). fechado en 1857.

Es en pleno siglo XIX cuando alcanza su auge el sistema de esferas separadas. El hombre hace vida social fuera de casa y la mujer se queda dentro del hogar, consolidándose el ideal burgués de la feminidad: el de la mujer modesta y recatada que necesita depender de un hombre que la recluya en el entorno familiar.

Es en esta Inglaterra Victoriana de pleno siglo XIX donde aparecen los primeros libros publicados sobre mujeres artistas, manteniendo eso sí, el sistema de esferas separadas. Ellas por un lado y ellos por otro, con lo cual los libros sólo hablaban de mujeres artistas, no de mujeres y hombres artistas o de artistas en general. Este grupo de mujeres artistas acaba caracterizándose como un grupo homogéneo en virtud de su sexo y radicalmente separado del universo creador de los varones, donde sólo se concebía a la mujer como modelo del artista masculino. Surge, así, la noción de "arte femenino": grácil, delicado y la mayor parte de las veces amateur, limitado al reducto de lo doméstico, frente al ejercicio público del "Arte" con mayúsculas, reservado al sexo masculino.

Esta incomodidad para las mujeres dentro del mundo artístico se refleja claramente en el cuadro de Emily Mary Osborn. En él podemos apreciar a una mujer joven, vestida de luto y acompañada por un muchacho, en la tienda de un marchante con un cuadro y una carpeta de pinturas o dibujos. El dueño del establencimiento examina el cuadro a desgana, mientras los otros dos personajes masculinos dirigen la mirada hacia ella, desviando la mirada de un grabado en el que se intuye las piernas desnudas de una bailarina. Mientras, la dama, fija tímidamente la mirada en el suelo, pues estamos en el s. XIX y aún no es una igual al hombre y mucho menos si es una mujer artista.

Este juego de miradas desprende un mensaje evidente: la mujer no tiene cabida en el mundo del arte más que como piernas de bailarina. Ella no es creadora es objeto de creación. Es deleite visual para el artista y para el observador, que sigue siendo masculino.

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